El lobo sentimental
Lucas vive feliz, pero un día le dice a sus padres:–Ya soy mayor. Ha llegado la hora de que me las arregle por mi cuenta.
–Ya sabía yo que este día iba a llegar–, suspira su padre. –Ven a vernos seguido. Toma mi reloj –le dice el abuelo–. Siempre te ha gustado.
–¡Gracias, abuelo! Me lo llevo solamente porque siempre hay que obedecer al abuelo.
–Hijo, ya tienes que irte –le dice su padre–. Aquí tienes la lista de lo que puedes comer.
Lucas sale del bosque. Al rato tiene hambre. En una esquina, se encuentra con una cabra y sus siete cabritos.
Lucas los ve en su lista, y dice:
–¡Me los comeré!
–Pero no dejes a ninguno vivo –le dice la cabra–, porque sufriría muchísimo sin sus hermanos.
–Comprendo –dice Lucas, conmovido–. No tengo tanta hambre. Lucas prosigue su camino. De repente pasa una niña vestida de rojo de pies a cabeza. Lucas ve que Caperucita Roja está en su lista y le dice:
–¡Te comeré!
–¡Piedad, señor lobo, no me coma! La abuela se pondrá muy triste. ¡Dice que soy la luz de su vida!
Lucas se pone a llorar.
–Mi abuela dice de mí exactamente lo mismo –dice Lucas–. ¡Vete!
Lucas sigue caminando, con la tripa cada vez más vacía. ―¡Soy un sentimental!―, piensa.
Al rato se encuentra con tres cochinitos rosados y gorditos, y ve que están en su lista.
–¡Me los comeré! –les dice.
–¡Antes déjanos cantar por última vez! –le dicen los cochinitos–. ¡Adiós, hermanos!
Al escucharlos, Lucas recuerda a sus hermanos y solloza.
–¡Váyanse! Soy demasiado sentimental –refunfuña. Su tripa se queja cada vez más.
―¡No hay ningún lobo sentimental, como yo!―, piensa Lucas, cuando llega a una casa vieja.
Llama a la puerta y... abre un gigante con aire amenazador. –¡Fuera de aquí!― –le grita.
Eso sí no lo soporta Lucas. Muerto de rabia y de hambre entra en la casa por la fuerza... y ¡se come al ogro, por majadero!
―¡Nunca había comido como hoy!―, piensa Lucas chupándose los dedos. De repente, oye unos lamentos. Al fondo de la habitación hay unos niños encerrados en una jaula. Abre la puerta.
–Soy Pulgarcito, y éstos son mis hermanos. ¡Gracias a usted el ogro no nos comerá!
–¡Ah! –exclama Lucas riendo–. Hoy es su día de suerte.
Luego, con su mejor letra, añade a la lista de papá: ―Ogro―.
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